El Loco y el comienzo del viaje

Actualmente estoy leyendo Jung y el Tarot, de Sallie Nichols, un libro fascinante que conecta los arquetipos junguianos con los Arcanos Mayores del tarot. A partir de esa lectura, me he propuesto crear una serie de publicaciones —una por cada arcano— en la que exploraremos el simbolismo, la psicología y la iconografía.

La primera carta será El Loco, arcano número 0, una figura enigmática que condensa inocencia, aventura, potencial y sabiduría oculta. Pero antes de entrar de lleno en él, conviene aclarar unas bases:

Jung y los arquetipos

Carl Gustav Jung, psicoanalista, propuso la existencia del inconsciente colectivo, una especie de memoria universal compartida por todos los seres humanos. Allí habitan los arquetipos, patrones fundamentales de experiencia que toman forma en símbolos, imágenes y mitos, y que atraviesan todas las culturas.

Jung subrayaba que los arquetipos no forman una lista cerrada, son infinitos, y se manifiestan en formas diversas, desde los sueños hasta el arte, pasando por la religión y, como muestra Nichols, también en el tarot.

Un arquetipo no es un personaje fijo, sino un patrón vivo que se activa en nosotros. Cuando se proyecta en una carta, despierta una experiencia psíquica concreta.

El Loco como arquetipo

El Loco es el 0 de los Arcanos Mayores. No tiene un lugar fijo en la secuencia: a veces abre el camino, a veces lo cierra. Es una carta “liminal”, que habita entre los comienzos y los finales.

En la lectura junguiana, El Loco encarna varias fuerzas arquetípicas:

  • El Inocente / Puer aeternus: El eterno joven simboliza el impulso vital que empuja a comenzar algo nuevo sin estar condicionado por el pasado. No tiene miedo porque aún no ha conocido del todo las restricciones de la vida. En la psique, representa esa energía fresca y espontánea que nos anima a confiar, a arriesgarnos y a vivir el presente con apertura. Pero su sombra es la evasión, quedarse en un estado de infancia perpetua, evitando responsabilidades.
  • El Viajero: Es la figura que se aventura fuera de lo familiar. En términos junguianos, conecta con el proceso de individuación: el movimiento hacia lo desconocido para descubrir quién somos más allá de las convenciones sociales y de la máscara (persona).
  • El Trickster (embaucador): Este arquetipo es ambiguo, juega, engaña, rompe normas e introduce el caos. El Trickster desordena, pero ese desorden es fértil, abre paso a nuevas posibilidades, como cuando un error o un accidente desencadena en creatividad. Su riesgo es el auto-sabotaje y la trampa; su potencial, liberar lo reprimido y renovar lo vivo.
  • El Sabio (Senex) (en potencia): Aunque parece estar en el extremo opuesto al puer aeternus, El Loco contiene también la semilla del Sabio. Como recuerda Nichols citando a Blake: “Si un loco persevera en su locura, acaba por convertirse en sabio”. El Senex representa la madurez, la reflexión y la estructura. La paradoja es que el mismo impulso ingenuo del Loco, si se mantiene con autenticidad y atraviesa las pruebas de la experiencia, se transforma en sabiduría.

Para Sallie Nichols, El Loco es la imagen del potencial puro. Todavía no está moldeado por las estructuras sociales ni atrapado por el ego, lo que le confiere una libertad interior única. Puede parecer ingenuo o insensato, pero en esa falta de forma late la semilla de la transformación.

El Loco nos confronta con una paradoja: para encontrarnos, primero hay que estar dispuestos a perdernos.

El “0” como símbolo

El número 0 no representa vacío en el sentido de nada, sino plenitud de potencial. Es el punto antes de las formas, la matriz de donde todo puede surgir. Por eso El Loco puede estar dentro o fuera de la serie: inaugura el viaje y al mismo tiempo puede irrumpir en cualquier etapa.

Iconografía en el Tarot Rider–Waite

  • El precipicio: Simboliza el umbral, el salto hacia lo no explorado. Puede indicar tanto el riesgo de caída (locura, fracaso) como la única vía de crecimiento auténtico.
  • El hatillo al hombro: El hatillo guarda “lo inconsciente”, talentos latentes, heridas, complejos y memorias. Es el equipaje invisible que llevamos al iniciar cualquier proceso vital.
  • La rosa blanca: Flor de pureza, deseo sin posesión.
  • El perro blanco: Los instintos, alertan, protegen, mantienen en contacto con la realidad somática. Puede ser guía o freno, según cómo se relacione el sujeto con su propia naturaleza instintiva.
  • Las montañas nevadas: La realidad objetiva, el mundo externo con sus leyes inquebrantables. Simbolizan las pruebas, los límites.
  • El cielo amarillo: El inicio de un día, potencial, conciencia en expansión.
  • El vestido harapiento y multicolor: Indican multiplicidad psíquica, identidad aún no cristalizada. El Loco no se define, encarna lo cambiante.
  • La pluma roja en el gorro: El elemento fuego (color rojo), impulso vital, creatividad, en relación con el elemento aire (la pluma) simbolizando ligereza, movimiento y lo efímero.
  • La postura corporal: Avanza sin percibir el peligro, con la mirada elevada hacia el cielo sin mirar hacia donde va. Ese gesto puede leerse como apertura a lo trascendente o búsqueda de un horizonte mayor, pero también como falta de atención al mundo inmediato y una desconexión con la realidad.

El Loco y la Qabalah

En la tradición cabalística, El Loco se asocia con la letra hebrea Aleph (א), que representa el aliento primordial, el soplo inicial de la creación. Este sendero conecta a Kether (la Corona, lo absoluto) con Chokmah (la Sabiduría), y nos habla de un principio aún informe, puro potencial.

Pero ese impulso necesita ser recogido y madurado por el soplo de Yod (י), la letra vinculada al Ermitaño, que concentra y da forma a lo disperso. De este modo, la locura creadora de Aleph encuentra cauce en la sabiduría de Yod.

Así, la Qábalah también nos recuerda lo mismo que Jung, la inocencia y el riesgo del comienzo solo alcanzan plenitud cuando se transforman en conciencia.

Si quieres profundizar más en cómo el Tarot se relaciona con la Qábalah, puedes leerlo en esta otra publicación.